Para las mujeres, pero sin las mujeres
Wollstonecraft y el despotismo conservador
Dejó escrito Federico II de Prusia que “el soberano debe ver, pensar y actuar por toda la comunidad”. Él era quien sabía lo que ellos querían y lo que necesitaban. Y se rumorea que Carlos III decía “mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava”, advirtiendo así que se quejan aun cuando se les procura un bien.
Esto me ha hecho pensar en la polémica sobre el voto femenino, las tradwives y en todos esos hombres que publican consejos sobre la masculinidad en diferentes medios. Lo que estos tipos afirman es que las mujeres no saben decidir debido a su carácter impulsivo y emocional. Además, dicen saber lo que el sector femenino necesita en una pareja y cómo debería comportarse una mujer para resultar deseable. Su amenaza es que, si no cumplen con esos requisitos, acabarán viviendo solas y rodeadas de gatos y perros.
Y lo sorprendente además es que hayan conseguido tener mujeres en su bando. La británica Alena Kate Pettitt ha llegado a afirmar que “mi rol es someterme a mi esposo, servirle y mimarle como si estuviéramos en 1959 [...] Los maridos siempre deben ir primero". Y no sólo eso, sino que ha fundado la Darling Academy, dedicada a promulgar lonque podríamos llamar buena etiqueta femenina. Eso por no hablar de Savannah Faith Stone, la cual afirmó que debería abolirse el sufragio femenino.
Pero, ¿cómo es posible que alguien quiera renunciar a su propia capacidad de decidir?
Mary Wollstonecraft, en su obra Vindicación de los derechos de la mujer, de 1792, afirmaba lo siguiente:
“A las mujeres se les dice desde la infancia, y se les enseña con el ejemplo de sus madres, que un poco de conocimiento de la debilidad humana, justamente llamada astucia, suavidad de carácter, obediencia externa y una atención escrupulosa a una especie de decoro pueril, les granjearán la protección del hombre; y si son bellas, todo lo demás es innecesario, al menos durante veinte años de sus vidas”.
O lo que es lo mismo, que ellas no han nacido para pensar, sino para conseguir la protección de un hombre. Y de perpetuar esta idea entre ellas se encarga la educación y la familia, dirigidas ambas por los hombres. Cuando esto sucede, se consigue cerrar el círculo para que sea imposible salir de él. ¿Cómo conseguir que ellas tengan voz cuando no pueden tenerla por sistema?
En definitiva, que en mi opinión, Wollstonecraft acierta de lleno cuando escribe:
““Los hombres, en general, parecen emplear su razón para justificar los prejuicios que han asimilado de un modo que les resulta difícil descubrir, en lugar de deshacerse de ellos.”
Y es que es más cómodo repetir lo que nos dicen que pensar por nosotros mismos. Además, resulta más fácil ridiculizar, someter y hacer callar a alguien cuando no tiene posibilidad de contestar. Sobre todo, sí ese alguien asume su inferioridad.
En conclusión, una democracia quizá pueda debatir a quién más ampliar el derecho a voto, pero no a quién retirárselo. La educación debe promover la capacidad crítica y la intervención ciudadana, no debe normalizar la idea de delegar nuestra voluntad en otro. El aislamiento personal y la idea nuestra inutilidad como individuos es el camino hacia la barbarie y el totalitarismo.


